Solo una noche más

Aún cuando todo había terminado algún tiempo atrás, aún cuando la flama había bajado su intensidad y parecía ya agotarse, un día nos quisimos regalar una noche más.

Sólo bastó una llamada, algo que ya no era común entre nosotros. Un simple “hola” fue todo lo que mis fuerzas pudieron decir, casi que la palabra salió a empujones de entre mis labios con una mezcla rara de susto y ansiedad, con un miedo desgarrador de ser señalada en ese momento por cometer semejante imprudencia. Fue muy tranquilizador escuchar mi nombre en tu voz, como si solo pudiese tratarse de mí, como si lo hubieses estado esperando.

Tuve que recordarme respirar para continuar hablando. Sonaste un poco sorprendido pero alegre al mismo tiempo. Esa actitud tuya me llevó a esa misma escala y empecé a relajarme.

No tenía nada preparado, ningún argumento, una conversación lista o una secuencia pensada. Nada. Era solo la necesidad de sentirte cerca, de cumplir con aquello que alguna vez prometí y que aún no había cumplido, pero no era una obligación, al contrario, pensé que el universo nos estaba dando una oportunidad y quería aprovecharla, quizás luego de ésta ya no habrían más. Quería verte, saber que seríamos los mismos siempre sin importar las circunstancias de cada uno, quería compartir contigo un instante más, tener un recuerdo que antes no hubiese guardado, porque sabía que las cosas habían cambiado.

Te propuse vernos y sin más aceptaste, y en mi pecho sólo sentía las fuertes palpitaciones de mi corazón a punto de explotar y el esfuerzo casi obligado que hacían mis pulmones por respirar. Quedamos de acuerdo e intenté tranquilizarme.

Al cabo de algunos minutos al fin llegaste, salí a recibirte en el portal de mi casa, nos vimos y parecía que los miedos de siempre nos rodeaban, pero a pesar de ellos al fin estábamos juntos. Todo fue igual que antes, un dulce beso en la mejilla para saludarnos y una sonrisa cómplice que se nos escapó. Entramos y casi sin hablar atravesamos la sala de estar, de mi mano llegaste hasta mi habitación, a la que ya habías entrado muchas otras veces, y en medio de la penumbra me regalaste un abrazo, largo, acogedor, sincero.

Creo que en mi rostro se podía ver lo que mi voz no alcanzaba a decir. Me sentía feliz. Estabas conmigo, aún cuando pensamos que no volvería a suceder.

Tenía tantas ganas de pasarnos la noche entera conversando, disfrutando de una que otra ocurrencia nuestra y quería una última fotografía de los dos, sabíamos bien que nuestra historia juntos se había terminado.

Abrí apenas mi boca para contarte mis planes para esa noche, pero tus manos tocaron mi rostro y lo acercaron al tuyo, fue allí cuando perdí la voluntad. Un suave beso me dio la pauta de que la conversación que tendríamos no iría con palabras.

…..
Un beso fue suficiente para que olvidara lo que tenía planeado, 
con un beso callaste hasta mis pensamientos.
…..

Era tan fácil estar así, era tan fácil ser el uno del otro, parecía que nuestros cuerpos se movían en una danza única, al compás de la música que solo tú y yo podíamos escuchar.

Entre beso y beso hilábamos alguna que otra historia corta que no nos hubiésemos contado ya. Entre beso y beso nos dijimos cuánto nos queríamos, cuánto nos pensábamos, cuánto deseábamos que fuésemos felices aunque no formáramos parte del destino del otro. Sabíamos que la distancia y el tiempo no nos habían obligado a olvidarnos aún, pero tampoco era la forma en que podíamos seguir juntos.

…..
Qué tragedia es amar y saber que no puedes seguir amando.
…..

Esa noche dimos un paseo y al final nos sentamos en una banca cerca del parque. Recordamos varias cosas, nos contamos muchas otras, nos aconsejamos el uno al otro y como los grandes amigos que somos nos dijimos lo que debíamos hacer. En ese preciso instante podía escucharte y entenderte, entendía todo a mi alrededor, siempre ha sido así; las palabras eran ciertas, muy ciertas, pero algo no calzaba, algo no encajaba.
 
Desde hace mucho tiempo que la propuesta había sido la misma, aunque el sentimiento era contrario, tal vez antes era solo el  desafío de demostrarte lo bueno que sería estar siempre cercanos, seguir siendo siempre los mismos, en esencia ese amigo o amiga que te conoce y sabe como ayudarte, que sabe qué tienes, que conoce tu rostro aunque tu voz sea incapaz de delatarte, pero nunca aprobaste mi intención, ahora lo entiendo; ridícula intención. ¡Qué inocente! El riesgo sería cada vez mayor, en realidad siempre lo comprobabas y yo no me daba cuenta. Ahora, la situación para mí era diferente, me sentía cambiada ante todo ésto, ya no quería alejarme, escucharte decir que nuestras familias nunca aceptarían lo nuestro, era tan real y tan difícil de procesar, estaba cerrada a esa alternativa, –como si hubiese habido muchas otras más-, pero sabía en mi interior que así debía de ser, y aunque lo sabía, no quería aceptarlo; mi boca solo podía dar razones contrarias a la razón, definitivamente esa noche mi “yo sensata” desapareció y el “ello” de mi subconsciente afloró con todo su poder.

Te dije te amo cuantas veces me dio la gana, no me medí en hacerlo,  ya para qué, me estabas diciendo que no había marcha atrás, para qué callármelos si ya no tendría otra oportunidad para decirlos.

Yo temblaba de frío pero no quería que ese instante acabara, ni siquiera había notado mi insistente castañeteo de dientes y al darte cuenta decidiste regresarme a casa. Al despedirnos nos dijimos nuevamente tal vez las mismas cosas con otras palabras, “es la última vez que nos vemos”, “no calculé bien la situación”, “pensé que sería diferente”, “nunca voy a olvidarte”, “siempre serás importante para mí”, “te amo”, “te amo”, “te amo”.

Te di un beso suave en los labios con toda la dulzura que provocas en mí y con el corazón lleno de tristeza porque fuese el último, suave como sentía el tiempo en ese instante, suave como tus manos acariciando mi rostro, suave como el primer beso que me diste. Te miré a los ojos y no sabía como alejarme de ti, pero me pediste un beso más, uno diferente y solo me dejé llevar, me diste un beso tórrido, profundo, húmedo y largo, y sentí lo mismo en ti, la misma dulzura y la misma tristeza.

Te amo, nos dijimos una vez más y me alejé sin pensarlo para no alargar más la agonía, te vi alejarte en la oscuridad de la noche por una calle iluminada por las altas lámparas de la ciudad y regresé a mi habitación con un sentimiento un poco extraño dada las circunstancias, sabía que ya no te vería más, al menos no igual, pero estaba ridículamente feliz, feliz de haberte escuchado decirme todo lo que me dijiste, feliz de haberte visto una vez más, feliz de haber sentido tus manos, tus besos, tu cuerpo. Feliz, feliz, feliz, inmensamente feliz.

Y así, experimenté una sonrisa un tanto incomprensible y esa noche abrazando esa vivencia, plasmándola en mi memoria, convirtiéndola en un atesorado recuerdo y aunque sabía que lo que venía sería diferente entre nosotros, dormí plácidamente feliz, porque nos regalamos solo una noche más.

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