En su aniversario, reemplazado el marido mamado

Aquella noche, hicimos dos ofrendas en el altar de Afrodita. Una conmemorando sus bodas de plata...

Debido a que, en el festejo de las bodas de plata, el marido de Flavia bebió hasta trastornarse los sentidos, en una palabra, se mamó, la infaltable “acción” conmemorativa de la noche de aniversario, fue conmigo.

Tres años atrás, en el 2012, concurrí invitado al festejo de los 25 años de casados de una ex compañera de universidad, en la ciudad de Mendoza, en Argentina. Mi esposa, prefirió no acompañarme, en el viaje desde Buenos Aires: “no conozco a nadie, me voy a aburrir como una ostra”.

Inteligente, simpática y conversadora ingeniosa Flavia era, y es, una mujer muy linda a despecho de sus 43 años de entonces (46 de hoy). Con ella la naturaleza no escatimó atributos sexuales femeninos de singular excelencia: alta, con silueta estilizada, de cabello oscuro, ojos increíbles, rasgos faciales delicados, piel bronceada, seno, cola y piernas deliciosos.

De estudiantes fuimos muy compinches: compañeros habituales de estudio, trabajos prácticos, diversiones, incluyendo algunas, contadas, sexualmente descomedidas. Estas últimas hasta que ella comenzó a novia con quien ahora es su esposo. Rubén.

Obtenidos los diplomas, tomamos rumbos divergentes, aunque mantuvimos el afecto mutuo y los contactos, más bien raleados. Pocas veces dejamos de participar en los festejos de las fechas importantes para cada uno, aunque tengamos que viajar, como en el caso del aniversario que relato aquí.

La reunión para los más allegados al matrimonio y muy pocos amigos, como yo, resultó muy animada y divertida, con profusión de comida y bebida. A las 2:30 has de la mañana, sólo quedamos en la casa, además de la pareja homenajeada, la hermana de Flavia, el marido de ésta, y yo. Rubén, estaba en estado calamitoso por extralimitarse con el alcohol. Antes de las 3:00 la hermana y el cuñado de Flavia se despidieron alegando cansancio y compromisos para el día siguiente.

Flavia, me pidió que la disculpase unos instantes, antes de retirarme hacia mi hotel y acompañó al dormitorio, a Rubén, para que se acostase.

Volvió, visiblemente molesta:

-¿A vos te parece que tenía que tomar hasta quedar en el estado que viste? – comentó.

-Bueno, tómalo con calma. Hay veces que la gente se excede, sin querer y su físico no lo acompaña –

-Es un buen hombre pero, a veces se le da por tomar… Justo hoy ¡Día de nuestro aniversario! No se lo voy a perdonar –

Se le humedecieron los ojos. La acaricié en la cara y, por un impulso repentino, no pude evitar darle un beso fugaz en su mejilla izquierda. No protestó y con la vista clavada en la mía, murmuró:

– ¡¡Gracias Carlos!! Por estar e intentar aliviar mi mal momento. Quédate un ratito más que voy a preparar un café ¿Quieres?–

Seguida por mi mirada, escrutadora, fue a la cocina.

Una circunstancia no prevista me había regresado, prácticamente sin contertulios, junto a la compañera de estudios y, de raros, deleites carnales juveniles. La excitación venérea me impulsó, un par de minutos más tarde tras ella que, al verme se le colorearon intensamente las mejillas. Adivinó en mis ojos que intenciones llevaba.

– ¡¡Casarlos!!…ni siquiera le puse agua a las cafeterías!!!…-

– ¿Sabes que, Flavia?…Un aniversario de boda sin sexo… ¡No existe!!! .. Olvídate del café –

La tomé de la cintura y la atraje hasta que quedamos cuerpo a cuerpo:

– ¡¡Carlos, No!!….No hagamos tonterías…ya no somos adolescentes…estamos casados…-

No repliqué de palabra, la hice girar para quedar enfrentados, mantuve largamente mis ojos en sus ojos, sin aflojar el apretón de su cuerpo contra el mío. Al cabo de un lapso de tiempo que se me antojó dilatado, en que Flavia siguió tratando de explicarme y explicarse porque no, cada vez con menos convicción, mis labios se unieron a los suyos en el primer beso que nos dimos esa noche. A partir de ahí nos arrastró en caída libre el apetito. Le recorrí frenéticamente el cuerpo mientras nos besábamos casi desbordados.

– Estoy toda transpirada…. Tengo que ducharme…- forzó la separación, empujando con ambas manos en mi tórax.

No aceptó, terminantemente, que nos duchásemos juntos. Alegó pudor, recato. Lo hice yo primero y la esperé, con sólo un tallón por toda vestimenta sentado en una de las dos camas simples del segundo dormitorio del departamento. (El de los dos hijos del matrimonio, ambos ausentes por encontrarse en el exterior – Alemania – participando de uno de los tantos programas de intercambio, para practicar en campo el idioma aprendido. Flavia es descendiente de alemanes.)

Ella vino envuelta en una robe de chambre rosada, aunque menos lanzada que yo, debajo de la misma vestía corpiño y bombacha al tono.

La permanencia de las cuatro prendas en sus lugares, fue efímera. Aquella noche, hicimos dos ofrendas en el altar de Afrodita. Una conmemorando sus bodas de plata, la restante porque teníamos, todavía, nuevos trechos de camino para recorrer juntos, a solas los dos. El secreto quedó iluminado. Estaba escrito en el comienzo de las eras.

Desde esa noche, muy de vez en cuando, conseguimos coincidir en el mismo lugar y hora, ajenos a todo lo que no fuese el mirar de uno fijo en el otro, disfrutando de un rato – invariablemente demasiado breve – de alucinante simbiosis de cuerpos y ánimos.

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