El chamuyo

juré dejar de amarlo y no pude, y un día entre charla y charla me propuso si quería intentar algo...

Siempre me gustaron los chicos, y por decir que siempre me refiero a que se me daba el coqueteo, o los mensajes con bastantes muchachos, se me daba por dejarlos siempre enamorados, pero por supuesto (como todo enamoradizo reprimido), nunca pasaba a otro nivel más que brindarles un buen habla, o como aquí en Argentina se llama, era solamente “chamuyo”.

Había tenido solamente un novio porque me conocía, sabía que por más que aparentara ser desinteresada por encontrar al amor de mi vida, era la persona más romántica que daría cualquier cosa por amor, pero a eso no me animaba a arriesgarme.

En el barrio donde vivía no tenía muchos amigos, pues los que tenía eran pocos porque el barrio era habitado en mayoría por ancianos, y casi que conocía a todos los de mi edad que viviesen cerca de mi casa; pero fue una tarde que en la plaza barrial me convencieron (solo sabe Dios cómo) de ir a jugar al básquet, pero por mala suerte de mis primas y yo, la cancha estaba ocupada por dos muchachos a quienes no dudé en ofrecerles una partida.

Entre charlas entrecortadas me contaron que los dos tenían el mismo nombre, cursaban el mismo año, que uno era mayor que el otro a causa de una repotencia, y que (dato que captó rápidamente mi atención) uno vivía por la zona, más específicamente frente a mi casa. Pues, ¿por qué nunca lo había visto?, a mi desgracia quien vivía más cerca de mí, NO era el bonito que nos había robado el alma a mí y a mis primas.

De pronto comenzamos a juntarnos más seguido, ya que los dos estábamos emocionados por saber que podíamos tener un amigo cerca, nos llevábamos de maravilla, siempre me contaba sus historias de fiestas, de chicas con las que se besaba, de cuánto bebía y de cuando perdía la conciencia, me contaba de sus muchas novias y de sus experiencias con mujeres. En absoluto me molestaba, cabe decir que yo no era ninguna santa tampoco, y no me quedaba atrás contando mis experiencias, pero daba lugar a inventar historias también porque ¡Por Dios todas las mujeres que había besado, todas las novias que había tenido!, entonces mi imaginación disfrutaba charlarle mentiras, mezcladas con verdad, aunque mis labios solo habían probado pocos sabores (y él no lo sabía),y los suyos tantas variedades, inclusive la mía, ya que el día que nos conocimos en aquella plaza accedí a un beso suyo luego de tanta insistencia (que años luego descubrí que había sido parte de una apuesta). Aun así nos llevábamos de maravilla, y éramos vecinos con derechos ya que luego de cada reunión en las escaleras de mi casa o de charlas en la plaza, intervenía alguno que otro beso.

Aquí surge el problema, ya que con el pasar de un año en estas reuniones y besos improvisados con el vecino de tantas mujeres, me enamoré, así de simple y así de estúpida. Ahora las juntadas eran motivo de nervios por verlo, y las ansias por recibir un beso de los labios que más codiciaba, pero ahora también, todo me dolía, las charlas sobre sus fiestas y muchachas a las que les coqueteaba y besaba, me dolían tanto, tanto que a veces volvía a casa llorando y maldiciendo el día en que lo había conocido, aunque algunas amigas me alentaban diciéndome lo típico entre mujeres y mal de amores: yo creo que le gustas, aunque yo sabía que no era así. Entonces llegué a una conclusión: no podía dejar de juntarme con él porque me moriría, pero sus besos (sabiendo que era una de esas tantas) también me mataban, entonces nada más ni nada menos que prohibirle sus besos hacia mí. Seguí juntándome con él, las mismas charlas, los mismos llantos al llegar a casa, pero ya los besos de él se veían alterados por mi pregunta cada vez que se acercaba a mí: ¿por qué? ¿Por qué quieres besarme?, a lo que quedaba anonadado y retrocedía sin realizar maniobra alguna, por un lado estaba feliz, pero me hubiese gustado que me respondiera.

Así pasaron tres años, llegué a odiarlo a aborrecerlo por no darse cuenta, juré dejar de amarlo y no pude, y un día entre charla y charla me propuso si quería intentar algo (sé que fue parte todo de un juego), y aunque quise decirle que no, necesitaba intentarlo, necesitaba apostar esos tres años, y accedí a esa extraña propuesta de noviazgo.

Hoy llevamos 10 meses juntos, él jura que me ama con su vida, no sé cómo lo hice, me dice que me ama que me adora y a veces no lo entiendo, porque me quedan restos de saber que nunca le interesé, que todo fue un juego y que de a poco se fue enamorando, quizás. Yo lo amo, lo adoro con mi vida, pero no sé si alguna vez llegue a amarlo por completo, porque nunca podrá secarme las millones de lágrimas, ni suavizar los dolores del alma que me hizo padecer. Le he contado sobre lo que me hizo padecer, y de las veces que lo ayudé con otras muchachas mientras lo amaba, cuando le cuento esto, se entristece y llora, me pide perdón, y aunque quiera perdonarlo lo amo, pero por hoy no por completo.

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