Se deslizó por tus manos y no pudiste sostenerlo

A veces, la rutina puede mucho más que una pasión.

Cuando cumplí 18 años, sólo una persona llegó a casa a visitarme. La verdad es que hacía poco me había cambiado de casa y, debido a que a mi cumpleaños no lo sentía como un acontecimiento importante, muy pocas personas conocían realmente cuándo era. Cumplir años o dejar de cumplirlos no era algo especial, no es que fuera una persona deprimida o triste, pero nadie más sabía de mi cumpleaños. Excepto él, uno de esos vecinos de mi nuevo barrio, insistía mucho en conocer los festejos de las personas a su alrededor. Él tenía muy buena memoria para ese tipo de cosas, cumpleaños, pequeños detalles.

Al principio uno naturalmente se sentiría especial al recibir ese tipo de atenciones, pero era de lo más normal para él y para todos aquellos que le rodeaban. Era un buen amigo y alguien en quien confiar, siempre pareció que él no tenía problemas y era cierto. Aun y después de volverme una de sus confidentes, los «problemas» que le rodeaban no eran más de los comunes y lo mismo era conmigo. Eramos personas normales como tantas otras que apreciaban de disfrutar de su vida. Los dos habíamos terminado la secundaria y pronto entraríamos a la universidad, los dos buscábamos distintas carreras pero pertenecían a la misma universidad y nos fuimos acompañando con el tiempo.

Él solía quedarse en mi casa a ver películas y yo en la de él. Lentamente, como si fuera un trabajo de hormiga, nos hicimos muy buenos amigos y nos fuimos enamorando. A nuestros 18 años habíamos tenido relaciones fallidas, amores del pasado y, sobre todas las cosas, experiencia sobre el tema. Así que no es como si fuera un «primer beso» ni una «primera vez». Pero la forma en la que él me besaba tenía un augurio especial. La forma en la que suspiraba luego de besarme, mientras posaba su frente sobre la mía… Jamás la olvidaré, esa forma de liberar toda la felicidad acumulada, esa forma de demostrarme cariño… O la manera en que sus besos se sentían románticos, tiernos, suaves y con mucha pasión. Como si cuidara de no lastimarme al besarme tan cuidadosamente.

Formamos una hermosa relación a base de confianza y mucho respeto. Nos queríamos de todas las maneras posibles y eramos, lo que uno diría, la relación «perfecta». Pero, a veces, pensamos que no era lo que queríamos. Cuando la universidad crea muros, los estudios se vuelven intensos y sólo pueden verse con un «Hola» y un «Chau» plasmados de caricias muy parecidas a una plegaria de perdón… Es cuando comienzas a distanciarse.

Acostumbrarse a pasar poco tiempo juntos ahuyenta las charlas en largos tiempos. De alguna manera, nosotros entendíamos lo que estaba pasando. Estar solos se tornaba incómodo, la sonrisa que tanto me dedicaba tantas veces, ahora eran un par de labios estirados. Mi cumpleaños número 24 comenzó con una noche lluviosa. De alguna manera, luego de haberlo conocido, contaba cada día para que llegara el día de mi nacimiento. Él siempre inventaba alguna manera de hacer interesante mi cumpleaños, como para que lo esperara. Esa noche él desapareció, como si no hubiera estado nunca, a pesar de las infinitas llamadas que le dedicaba, sólo podía recibir la voz de una mujer anunciando que no puedo ser atendida. Pensé que había pasado algo, algo tan fuerte como para que él desapareciera así.

A la mañana de mi cumpleaños supe del accidente de sus padres, ambos estaban en coma cerebral. Los daños colaterales que siguieron luego del choque no permitieron que ellos abrieran sus ojos y saludaran a su hijo como todos los días. La forma en la que él amaba a sus padres no tenía límite, y la ausencia de ellos no hizo más que lastimarlo donde más le dolía. Él cambió drásticamente, como si esa hubiera sido la gota que rebasó un vaso lleno, ese que yo jamás tuve la noción de conocer. Las cosas cambiaron, él jamás volvió a sonreírme ni besarme de la misma manera.

No podía llorar por él ni llorar por mí. No sentía lástima y es como si se desvaneciera. Así que tuve que apoyarme en todas esas amigas que yo conocía y a cerciorarme de estar con ellas para no sentir la soledad que arrebataba mis sentidos. Un par de meses se enfrentaron a nosotros y ambos terminamos nuestras carreras. Aún seguíamos en pareja y, de alguna manera, nos habíamos condenado juntos.

La nieve era su fenómeno natural favorito, solía tomar decisiones importantes en ese tiempo. Yo tenía mucho miedo de que la ciudad se bañara en blanco, hacía semanas que él no respondía uno que otro mensaje perdido y tenía la cruda sensación que él sólo iba a esquivarme si me encontraba. Y aquel 20 de junio, mientras nevaba… Me dijo, con sus palabras justas: «No se trata de víctimas ni culpables, nosotros hemos de enfrentar que había comenzado un final y, hoy, se ha terminado ese comienzo. Hasta aquí pudimos estar juntos».

Luego de esas palabras la única imagen que vi de él fue su espalda mientras se alejaba. Como si hubiera sentido mucha tranquilidad, comencé a llorar a grandes gritos, de alguna forma siempre creí que había de quedarme en silencio por respeto a sus sentimientos. Pero hoy sólo quería que él escuchara mi sentimientos reales mientras se retiraba y su espalda se volvía pequeña. Durante mucho tiempo sólo pude llorar en el regazo de mis amigas, con películas trilladas y llenas de cliché que tantos finales felices nos regalaban.

¿Sabes? Durante todo ese tiempo no dejé de pensar en él… Porque sus abrazos contenían toda parte de mí, porque todas las noches clásicas bajo las estrellas eran cálidas a su lado. Porque con él compartí muchas cosas por el sólo hecho de estar enamorada. Porque sucedieron tantas cosas, porque acarició mi alma en los momentos más apreciados. Porque quitó de mi boca ese sabor desagradable de la soledad. Y aun así, ese día yo me sentí libre cuando finalizó conmigo y me entregó su espalda. Porque de quedarse frente a mí lo hubiera abrazado y le hubiera gritado todo lo que deseaba que se quedara conmigo, por más que se sintiera incómodo al estarlo.

Y hoy, dos años después de que todo eso había sucedido, a mis 27 años y en el día de mi cumpleaños, recibí un regalo de él. Era un álbum de fotos hechas en dibujos, de todas y cada uno de los recuerdos que habíamos pasado. Todo el tiempo que estuvimos juntos, él había comenzado la carrera de arte, diseño y comunicación. La había finalizado tiempo después, justo con lo que habíamos creado. Pero, hoy, pude verlo sentado en mi cocina y hablar como si nada hubiera sucedido. Contarle como una broma todas las formas en la que lo extrañé y reírme de ello como si me odiara. Mientras él me escuchaba y asentía con una sonrisa que hacía tiempo no me dedicaba.

No sé qué sucederá de aquí en más. Pero yo lo sigo amando como la primera vez que nos besamos, y tal vez más, sólo que conservo este sentimiento como mi mayor tesoro y sólo puedo sonreír al recordarlo. No hay ningún momento en él que él decidiera dañarme y eso lo hace la persona más especial que conocí.

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