Debut y Despedida

Pero no me atrevo a imaginar despedirme, por segunda vez de él...

Con Juancito debutamos juntos. De él fueron los, apenas algo más de, 10 centímetros embutidos, por vez primera, en mi entrepierna. Fue una emoción intensa pero fugaz.

Su familia emigraba a otro país. Nos refugiamos los dos bajo un cerezo, alejado de todo y todos, para compartir un rato, que sospechábamos sería – no lo fue pero así lo creíamos entonces, el último, a solas.

No tardaron en llenarse mis ojos de lágrimas de tristeza por la separación y las mutuas promesas de no olvidarnos. Nos besábamos de tanto en tanto. Sin buscarlo sobrevino el deseo, la pasión que a cualquier edad tiñe de sus propios colores el escenario y desdibuja los demás; los besos se prolongaron y sus caricias fueron resbalando bien abajo de las mejillas y recorrieron lentamente mi espalda, la tibieza de mi pecho. Ese día yo estaba permisiva, tal vez por la proximidad de la separación. La resistencia que opuse al avance de su mano invasora fueron sólo unas débiles protestas:

-¡no!…¡no!-
-¡para!..-
-….. ¡No!,….Juan….. ¡No debes!,….-

Pero sus dedos temblorosos siguieron progresando raudamente hasta alcanzar mi sexo.
Era la primera vez en su vida que él palpaba el órgano femenino y, yo, a pesar de que aún se interponía la tela de la bombacha, estaba encantada, hipnotizada de sentir, por primera vez en mi vida, hurgar en los genitales masculinos. No hice nada para interrumpir la invasión de mi intimidad.

Así ocurrió, quizás por influjo de las sombras: la del cerezo y la de separación inevitable, nuestra primera aproximación al amor físico. Ninguno de los dos tenía para poner en juego más que cariño, anhelo, predisposición y torpeza. Nos costó varios intentos fallidos la penetración. Durante años y años recordé, el momento, como glorioso en nuestras cortas existencias. Un obsequio de despedida sin igual, indeleble, más perdurable que las fotos que habíamos intercambiado horas antes.

Transcurridas algo más que dos décadas, Juan, regresó. Nos encontramos, casualmente, en una calle cualquiera de nuestra ciudad. Él casado con dos hijos, yo casada con tres. Nos sentamos en un bar a tomar un café, actualizarnos y recordar.

Una semana después, no fue el cerezo que nos cobijó sino un cuarto de hotel para parejas y, obvio, no hubo torpezas ni intentos fallidos como en nuestra primera vez. Pasión, anhelo y lujuria, si, hasta en exceso. Y, bastante más que aquellos 10 centímetros inaugurales para mí.

Lo disparatado es que yo quiero a mi marido y, mirándolo bien, me parece, hasta más “pintón” que Juan y, simétricamente, la esposa de éste – que conocí días atrás, es, decididamente más linda y está “más buena” que yo físicamente.

A solas, siento que es duro y me apena ser infiel, pero suena mi celular y:

– Mariana, mi amor ¿Nos vemos? … ¿Cuándo? –

No se me ocurre otra respuesta que:

– Claro, Juancito querido, te lo digo con un mensaje –

Y, tras pergeñar una buena cobertura, allá voy a besarlo, abrazarlo, a hablar e, indefectiblemente después, a “amarsigarme”, en un cuarto de hotel con él.
Llevamos más de cinco meses de encuentros infidelísimos. Creo que fatalmente lo nuestro tiene que acabar – hay siete seres queridos perjudicados –

Pero no me atrevo a imaginar despedirme, por segunda vez de él. Me completa, me alegra y me da energía para vivir, para comunicarme y crear.

Parafraseando la letra de un viejo tango, presiento que:

“Ardor, mi viejo ardor, tengo mucho miedo de que seas Amor”

Si, con la A mayúscula.

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