La bolsa

Inexplicablemente sintió que su cuerpo se separaba de su alma.

Desde el balcón lo vio estacionar el auto. Desde el balcón lo vio bajar y caminar hasta el baúl. Le sorprendió que sacara una bolsa tan grande, al levantarla se advertía que era pesada. Estaba tan cargada que había tenido que hacerle un nudo sólo a un costado del borde. Se había tomado el trabajo de agarrar cada una y hasta la ultima de sus pertenencias para devolvérselas y ella se dio cuenta. El tamaño de la bolsa que traía en sus manos era el reflejo que no quedaba nada más de ella en su casa. No quedaba más de ella en él.

Con los ojos hinchados de tanto llorar y como intentando que este momento se demorara lo más posible, esperó que el timbre sonara un par de veces y avisó que bajaba. Pasaron uno a uno los cuatro pisos que los separaban, aunque a esta altura, mirándose al espejo del ascensor confirmó que ya era un abismo. Esta vez era diferente. Ella lo sabía. Habían pasado por esto tantas veces… pero esta vez no era igual.

Envueltos en un silencio ensordecedor, subieron. Cumpliendo las formalidades, se devolvieron las cosas importantes, las no tanto y hasta lo que no tenía valor pero que implicaban la presencia de uno en el otro. Los minutos pasaban. A ella le temblaban cada vez más las manos, la voz y -sabiendo que eso iba a cambiar todo para siempre- respiró profundo, se sentó en una de las sillas que rodean la mesa y haciéndole un gesto con la mano lo invitó a sentarse.

Lejos habían quedado los días en que desde esas mismas sillas se miraban a los ojos proyectando un futuro juntos. Esta vez se miraban de una manera diferente, sabiendo que después de esta última mirada íntima, tan suya, única, ya se deberían mirar como dos extraños. Mirarse sin mirarse. Sin tener esa potestad para mirarse a los ojos sin tener que desviar la mirada. Mirarse estando cerca pero tan lejos.

Entonces, una voz entrecortada logró salir de su garganta y disparó: “¿me vas a decir quién es?”.
Entre sorprendida e indignada escuchó como respuesta: “Te mentí… no estoy con nadie”. Por un segundo le pasaron mil imágenes por la cabeza. Él estacionando el auto… la bolsa… y obviamente el mensaje de texto en el que horas atrás le pedía que no le hable más, porque ya estaba con otra persona. En medio de este remolino mental, confuso, no dijo nada y solo esperó el siguiente segundo donde se suponía que todo tenía una explicación.

Sentado en otra silla, frente a frente, el que temblaba ahora era él. A pesar de la bronca y los celos que ella llevaba dentro suyo en ese momento, no le gustaba verlo así. Sabía que la que estaba en desventaja en ese momento era ella. A ella le habían causado tanto dolor. A ella le habían mentido. A ella la habían dejado seguir adelante con una ilusión que no llevaba a ningún lado, pero que por cobardía siguió alentando. Pero lo veía débil. Arrasado. Y como siempre lo había hecho, tenía la necesidad de abrazarlo, de decirle que iba a estar bien. Pero su parte racional le declamaba a gritos que ya no podía. Que él ya había sido demasiado claro. Ya no la quería. Lo tenía que aceptar.

Mientras movía las piernas, con la punta de los pies apoyadas sobre el piso, como queriendo apurar el tiempo, su pecho subía y bajaba llenándose del valor para seguir con su declaración. Tomaba impulso para decirle lo que en realidad había venido a decirle mientras sus ojos se refugiaban en el piso. Ella lo miraba en silencio, expectante, con esa extraña sensación de querer saber y al mismo tiempo de no enterarse nada más. Hasta que sin levantar la mirada, sin previo aviso,  como una bola de fuego que le quemaba adentro lanzó: “No estoy con nadie. Estuve solo una vez. Quedó embarazada. Ella lo quiere tener. Yo no, pero me tengo que hacer cargo”.

Quedó atónita. La palabra embarazo le retumbaba en la cabeza. Se sorprendió de la celeridad en que su cuerpo instantáneamente quiso contrarrestar la noticia. Sintió nauseas, como si con ellas pudiera expulsar de su interior lo que ahora sabía. Pero ya era tarde. No podía eliminarlo. No podía olvidarlo. No podía cambiarlo.

Inexplicablemente sintió que su cuerpo se separaba de su alma. Desde un rincón alto de su casa, se veía sentada y lo veía a él frente a ella. Veía todo, pero ella no era ella. Eso le estaba pasando a alguien más. Quiso entender, pero ¿qué había que entender? Presentía que esta vez era diferente y así fue. No había más puntos suspensivos en esta relación. No había más tal vez. Y más allá de sufrir por el amor que ya no existía entre ellos -ni podía renacer como había pasado tantas veces- ella sintió el ruido desgarrador de una era terminada.

Sabía que al traspasar el ruido de la desolación por lo que estaba escuchando, cuando la cura del tiempo haga su efecto, iba a tener que llegar nuevamente al silencio, a la tranquilidad y ahí se vería cara a cara nuevamente con ella. Sintió miedo. Nunca iba a ser la misma. Ya no lo iba a tener a su lado y esta vez tenía que aprender a afrontarlo.

Por unos largos minutos, lo escuchó hablar de responsabilidad, deber ser, futuro pero nunca de la palabra amor. Así entendió que al venir le había dejado una bolsa muy pesada, no iba a ser fácil vaciarla y empezar de nuevo. Pero estaba segura que ahora a él le tocaba una muy difícil de cargar.

3 Comentarios

  • Me parecio que es un poco triste por que lo quiere de verdad pero lo mejor para ella como mujer es sanar la herida que le dejo el al decir lo del el embarazo tal vez pase un largo tiempo antes de que logres ser feliz con alguien o tal vez no peor lo que si es verdad es que te mereces sanar y encontrar a alguien que te ame

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